Natalia tiene
cuarenta años, o por o menos eso dice, y no nos queda otra que
confiar, por más que siempre esta la sospecha de que las mujeres
cumplen un año cada dos o tres luego de la tercer década. Tiene un
esposo respetable, dos hijos rubios, un perro, un pez llamado Jack,
un departamento en Almagro y 21 días de vacaciones. Una vida común.
Hace años que no come una sola papa frita, lo cual es muy notable en
su cuerpo, sobre todo en sus glúteos. Unos días atrás decidió
hacer un cambio y se cortó el pelo, que ahora siempre recoge en una
apretada colita para que no le moleste.
Es domingo y Natalia está
colgando la tanda del lavado en el balcón. Decidió que va a hacer
pastas para comer y calculó cuanto faltará para que su familia
regresé del club. Mientras colgaba el último calcetín, se dio
cuenta de que iba a engañar a su marido. La realidad llegó a ella
como una repentina tormenta de verano. Entender que lo que estaba a
punto de ocurrir no la puso ni feliz ni triste. No hubo ningún gesto
en la cara que pudiera delatar sus pensamientos, solo un corto
suspiro. Suspiro de resignación. Sonó el timbre que interrumpió
por un momento sus recuerdos. Esos días lejanos, cuando ya no era
niña pero tampoco adolescente y pasaba días enteros jugando fútbol
y trepando a los arboles en el predio de la iglesia, jugando al
rinraje y comiendo damascos sin lavar... Timbrazo de nuevo. Había
dejado puesta la llave en la cerradura y los hombres de la casa no
podían entrar. Fue hasta la puerta mientras en su mente había un
niño sin la remera puesta, un adolescente de enormes y brillantes
ojos negros con pestañas kilométricas apoyado en la reja. El mismo
niño con los hombros muy bronceados y las rodillas lastimadas,
pateando la pelota contra el portón. El mismo morocho sacando a
pasear el perro cuando ya había oscurecido. Una niña descalza y su
vestido amarillo a lunares, una chica patinando, una casi adolescente
subida al techo de su casa dónde en la seguridad del escondite que
ofrecían las ramas de un árbol , observaba al morocho arreglar su
bicicleta.
-¿Qué haces Natalia?
-¿Quee? Ai....!!
Estaba agarrando
la olla de la salsa con su mano desnuda. Inmediatamente soltó la
olla salpicando las paredes con tomate. Absorta en sus pensamientos,
estaba anestesiada del dolor, pero una vez disueltos los recuerdos la
quemadura se hizo notar. Rápidamente abrió la canilla y puso la
mano debajo. Ya no tenía ganas de cocinar, terminó de hacerlo su
marido. Comer, comieron igual. Un día domingo, como cualquier otro.
¿Cómo cualquier otro?
II
Dejó a sus hijos en el
colegio y siguió rumbo a la oficina. Su esposo se había ido mucho
más temprano a visitar las instalaciones de Mercedes, por eso ella
se quedo con el auto. A media mañana seguramente tendrían una
reunión importante sobre los nuevos beneficios para los clientes.
Natalia tenía algunas ideas interesantes pero no había tenido
tiempo de hacer una presentación respetable. Hacía años en
realidad que se dedicaba a tareas más aburridas, la administración,
la agenda de reuniones, tareas diversas pero nunca arriesgadas. Está
vez todo fue una serie de sorprendentes circunstancias. Cuando era
joven fue distinta, se creía atrevida, creativa o quería serlo.
Pero esta vez sacó a relucir su carácter testarudo de niña
caprichosa e impulsó el cierre del trato, no tan conveniente para
sus superiores como para ella misma. Esto lleva a que todas las
responsabilidades cayeran directamente sobre su cabeza. Pero es no
importaba, porque después de todo, tenía la posibilidad de verlo a
él muy seguido. Ella ya se preparaba para lo peor. Ese miedo
irracional a vivir, es lo que le había impedido siempre a ser
auténticamente feliz, o por lo menos parecido. Pero de repente las
neuronas le hicieron chispas y se le ocurrió una idea. Tenían una
pasante en su equipo, con pocas ideas, menos personalidad pero una
capacidad admirable de obedecer Ella haría la presentación durante
a mañana y luego Natalia la llevaría. Se miró al espejo, se veía
bien. La esperaba el día que había esperado demasiados años como
para contarlos.
Mientras se subía
al ascensor volvió la nube espesa de millones re recuerdos.
-Ella es Nati, de
gustos raros- carcajadas.
-Jajaja, me llamo
Nahuel.
-Si si, ya sé, un
placer conocerte.
No se sabe porque esa
noche hicieron como si nunca antes se hubieran visto ¿Habría sido
el miedo de que no se acordaran el uno del otro? ¿Se habían
olvidado de esa tarde de verano, cuando un auto se la llevó y ella
se quedó pegada al vidrio de atrás, despidiendo con la mirada al
morocho?
Esa noche la vida
volvió a juntarlos a ellos , en esa fiesta. Allí estaban, Nati y
Nahuel, en los últimos años adolescentes. Los recuerdos de esa
noche son borrosos, al menos de lo que fue la fiesta. Todo se perdió,
todo se hundió. Se cubrió de una nube gris. No se escuchaba nada ni
nadie. Nati solo podía oír su voz, su risa y ver sus enormes
brillantes ojos y sus pestañas kilométricas. El miraba su pelo
lacio y brillante que le caía sobre la cara y sus manos con dedos de
pianistas. Se contaron sus proyectos en el primer año de la
universidad, sus sueños, compartieron sus mundos, y algunas veces se
quedaban mudos, deseando como un niño desea una golosina, los
labios del otro.
La noche pasó
volando, se quedaron dormidos en el sillón agarrados de la mano,
pero sin besarse ni esa noche, ni muchas otras que vinieron después.
Natalia recordaría
para siempre su entrada a esa fiesta, como saludó a sus amigos para
finalmente reposar su mirada sobre ella. A esa noche le siguieron
muchos mensajes, muchas tardes, otras noches y finalmente un beso.
Que extraño eso, pero Natalia recordaba con muchísima más nitidez
el último beso, años después, que el feliz y dulce primer beso.
Salieron unos meses, compartieron amigos, fiestas, besos, abrazos.
Pero que podemos esperar de adolescentes ¿no? Inestabilidad,
confusión, el viaje de egresados, historia de chicas en el cuarto de
Nahuel. La soledad de Natalia, otro hombre que supo aprovechar ese
lugar, distanciamiento, poco compromiso y finalmente su fiesta de
egresados, donde se produjo el desastre.
-Así podemos hacer un
cuadro comparativo
-¿Cómo?
-Como un cuadro
comparativo ¿No le gusta la idea?
-Mmm... sí, es buena.
Habría que cambiar la fuente así resulta claro en la presentación
-Sí,y quizás un
cambio de colores ¿no le parece?
-No Roxana, los
colores están bien
La pasante siguió
trabajando con cara de enojada y Natalia se volvió a mirar en el
espejo. Estaba radiante.
III
Algunos se
preguntarán si sintió culpa, la respuesta es sí, claro que sí.
¿Pensó en su marido? Sí, por supuesto que lo hizo. ¿Si pensó en
sus hijos? Lloró por sus hijos, rogó que ellos sean mejores
personas. ¿Se arrepintió? Jamás. Era como arrepentirse de haber
nacido, o de haberse tomado el colectivo que uno estaba esperando.
Era inevitable, estaba ahí y siempre había sido así. ¿Se amaban?
Esa era una buena pregunta. Se habían amado, sí. Pero pasaron
tantos años, tantos sentimientos, pasó la juventud. El amor no pudo
haber muerto, había casi nacido con ellos. Pero se encarno en ellos,
ya no podían identificarlo, se había vuelto su piel, el aire en sus
pulmones.
La pareja,
afortunadamente o lamentablemente, sigue existiendo. Las dos, la
familia de Almagro y la historia condenada de Nahuel y Natalia. Así
a escondidas, entre reunión y reunión. Así entre cena y
calcetines. Así transcurren sus vidas. Natalia podría ser su
vecina, o su tía. No la juzgue, porque la realidad es que la vida no
viene con instrucciones.