I
Ella estaba sentada en la sala de espera desde hacía solo veinte minutos , pero le parecieron eternos. Fue sola, casi siempre iba sola igual. Una de las pocas excepciones fue la primera. Menos mal que el problema era de ella, Diego no lo hubiera sobrellevado demasiado bien si era su responsabilidad.. Pasaron millones de peleas que terminaban con él encerrado en el garage, vaya a saber haciendo qué, y con ella llorando en la ducha. Sucede muy seguido que a la gente se le da por llorar en la ducha. Lágrimas, sudor, agua, da lo mismo. En el rincón de la ducha, un ovillo lastimoso con la cara distorsionada por la bronca y el dolor, se dio cuenta que no podía más.
¿Qué es la felicidad? Para muchas mujeres contemporáneas era un buen auto, una buena casa, un par de zapatos. Para otras, un hombre extraordinario, con todos los órganos desarrollados menos el cerebro y el corazón. ¿La felicidad es una constante o un momento eufórico? Y ni hablar de la felicidad de las mujeres. Siempre les hace falta algo más o algo menos.
La felicidad de ella era antigua como la tierra, primitiva. Tener un hijo. Uno podría decir que era para tapar el desastroso matrimonio que había construido pero ella te lo negaría hasta la muerte. ¿Como sino traer un hijo al mundo si no es a una familia que brilla de armonía? Solo pensarlo era ridículo. ¿ Madre soltera? Jamás! Diego era maravilloso, si no lo hacía enojar. Se le escapo la mano una vez, pero nada le hace una pelea al castillo sólido, indestructible de una familia unida. Quizás un castillo de naipes, una fantasía de humo, pero qué más da? Estaba embarazada.
Fue su suegra, en un momento de compasión incomprensible que la guió sabiamente para un consulta sobre la fertilidad. Diego accedió para hacer feliz a su madre, accedió para cumplir con las expectativas, accedió para no quedar fuera de la formula “casados con hijos, un auto, una casa” pero nunca accedió por el deseo de ser padre, esa no era su felicidad, ese era un detalle menor como comprarse una corbata nueva.
Jamás pudo recordar cuanto tiempo estuvieron dentro del consultorio esa primera vez, ni lo que dijo el médico . Todo se volvió borroso, un sinsentido gris. La cara de Diego no mostró ningún cambio, ningún músculo de su rostro tembló. Solo un largo suspiro a la salida del la clínica y el silencio congelado hasta el auto. Allí el llanto.
-¿Qué te pasa? Llorás mucho últimamente.
Su sorpresa fue tal que se quedo sin aire por un instante pero sólo para retomar con fuerza los lamentos de histérica. Diego arrancó el auto sin hacer caso a la anormalidad de su esposa. En algún momento se le tenía que pasar. Y después de media hora , llegando al dulce hogar...
-¿Cómo podés estar tan tranquilo? Somos un fracaso.
-Nunca fui un fracaso por lo que recuerdo y no quiero empezar ahora. Dejá de hablar pelotudeces . Vos deberías estar más informada que yo, pero estás haciendo gala de una ignorancia que no me esperaba, al menos si hubieras escuchado al especialista. No tenés un problema fuera de este mundo. La endometriosis no es un problema sin solución. Habrá que hacer el tratamiento ese y ya.- Diego volvió a suspirar y apoyo la cabeza sobre la ventanilla mientras esperaban el cambio del semáforo- deja de ser tan dramática, la vida no es una película.
¿Qué la vida no era una película? Para ella sí. Allí sentada en el consultorio con esa panza explotando, fea, gorda ella se sentía diva. Y no solo uno, sino dos corazóncitos latían en su interior. Sería madre de dos princesas, dos mujercitas admirables que vendrían a poner el mundo a sus pies. Dos luces que iluminarían la vida de su familia y la unirían por siempre con lazo de armonía.
La felicidad de las mujeres además de ser inalcanzable, roza la ingenuidad. Dos diablillos estaban a punto de aparecer y decirle adiós al lazo de armonía.
II
-Dejá Mariana, no te metas, ya fue.
-Pero se están peleando por mi culpa! Fui yo la la que arruiné sus archivos! Mama jamás se acerca a la compu y el lo sabe. Lo odio!
La hermana sonrió con su boquita recién pintada y le estampó un beso en la mejilla a Cecila. Esta se limpió la marca del beso con la manga y se quedó mirando al espejo. También ella agarró el lápiz labial, pero sólo para dibujarle unos bellos bigotes a Matianita. Las risas irrumpieron el ambiente y no pararon hasta ver el lápiz labial roto en mil pedazos.
-Parece popo de perro o chocolate derretido medio rosadito.
-Puaj!-Mariana puso cara de asco al mismo tiempo que metía en la servilleta los restos-No voy a poder comer chocolate como por tres días, muchas gracias queridita.
-No vas a poder comer nunca más nada porque mama nos va a matar.
-Que exagerada! Si no lo hizo hasta ahora... Somos gradecitas, más difícil deshacerse de los cuerpos. Buuuuuu.....- se estaba esmerando en asustar a su hermana pero Ceci ya estaba canchera para las bromas y además muy cansada de estar escondida en el armario. Se le estaban durmiendo las piernas
-Ya no pelean, vamos al patio. Tengo los panes con miel que hizo la abuela para desayunar.
-Si, ya fue. Y mejor salgamos al parque , total van a pasar horas hasta que decidan buscarnos.
Se metieron los panes en los bolsillos y salieron en puntitas de pie hasta el partio. Ahí había un agujero que hizo el perro para salir y atrás de eso la libertad. No era ni la primera ni la segunda vez que lo hacían. El mundo les pertenecía cuando sus padres estaban de mal humor y como eso pasaba seguido se sentían dueñas de mundo todo el tiempo. Su familia estaba lejos del ideal. Era una reunión fragmentada de personas, que no sabían la razón de su permanencia allí. Y las chicas solamente lograban complicar más las cosas. Sus travesuras no eran bien vistas por nadie. Su abuela quería disciplina, su papa rara vez mostraba señales de enterarse que tenía hijas y su mama era algo extraño. Por momentos rozaba el odio hacia aquello que tanto había deseado. Su felicidad era una mentira, una fachada para el barrio y escondía la desilusión dentro de su corazón. No había lazos de armonía. A las chicas sólo le quedaron ellas dos y construyeron una barrera contra el resto. Nadie se apuraría en buscarlas ese día y ellas se hartarían de comer pan y correr en el barro. Sólo el hambre las haría volver. Además el día era estupendo, y al día siguiente cumplirían once años. Siempre era bueno cumplir años, al menos “hasta los treinta”, como decía su madre.
Pasaron largas horas dando vueltas solas. No tenían muchos amigos sobre todo porque a Cecilia no le gustaban sus juegos y Mariana siempre preferiría la compañía de su hermana antes que de cualquier otro. Esta vez tardaron más tiempo en regresar y lo sintieron por la recibida de su madre, dos chanceletazos para cada una y a la habitación. Mariana se puso a llorar desconsoladamente.
-Qué te pasa Mari?-le decía su hermana mientras la rodeaba con sus brazos de niña- te dolió mucho?
Cecilia no le contestó y solo seguía llorando. Las dos se acostaron en la cama llena de peluches y así viajaron al mundo de los sueños, con la cara bañada en lágrimas. Una porque su hermana lloraba, la otra porque un miedo inexplicable la invadió. Vio un moretón en el brazo de su madre y una sensación desagradable se apoderó de ella. Así estaban durmiendo con las manos entrelazadas cuando su padre entro para verlas. No habían comido nada más que los panes en todo el día pero se veían tan mágicas que no quiso despertarlas.
Ellas se tenías la una a la otra incondicionalmente. “Para siempre” pensó su padre “nunca la soledad para ellas, una gran fortuna tener un hermano”.
Para siempre no, pero por unos cuantos años más .
III
Un auto le tocó bocina a Mariana mientras cruzaba la calle hacia el auto de su hermana, pero la chica ni se inmutó. Llevaba un tapado corto de color rojo que dejaba a la vista sus exquisitas piernas enmarcadas en unas botinetas de plataforma pertinente. Imposible ignorarla. Cecilia le abrió la puerta del auto con una picara sonrisita.
-Ai hermanita, ese hombre te está matando. Mira que montarte sobre estos tacos tan temprano en la mañana es un suicidio.
-Que exagerada que sos bonita! Si vieras lo que llevo debajo...- y las dos estallaron en carcajadas como siempre.
Ambas estaban muy felices. El amor las tenía así , y el amor a esa edad es lo único que vale la pena. Ceci salía con un cuarentón. Un señor maduro de perfil bohemio que conoció en un seminario sobre cine dedicado a Woody Allen. Sorprendentemente, era difícil imaginarse mejor pareja que esa pero por temas de edad y etcétera, la cosa se mantenía un poquito en el freezer. Mariana, para no quedarse atrás, se engancho con un jugador de polo y no tenía drama en andar besuqueándose en todos los eventos posibles que podía coincidir con él. Eso hasta que conoció a Cristian. Un exitoso abogado, entre sus colegas y entre las mujeres. Desde entonces muy seguido venía a verlo al estudio, lugar de “desayuno y algo más” como lo llamaban las chicas. Cecilia siempre la pasaba a buscar para ir a la facu juntas y escuchaba su historia amorosa con una mezcla de pánico y diversión.
Quizás buscaban provocar el destino buscando relaciones tormentosas. Juventud es sinónimo de poder, tenían derecho a desafiar. El mundo es de los jóvenes, pensaban. No importa la desilusión que pudieran haber tenido por el ejemplo de la misera pareja de sus padres, con una madre estereotipo que vivía para su casa, no importa la supuesta castidad que quisieron inculcarles, ellas eligieron el camino de las aventuras.
-Linda! Es hora de que me lo presentes. Me muero de curiosidad, es tiempo de que me des la oportunidad de ponerle cara al protagonista de esos relatos.
-La cara es lo que menos importa- comentario que llevó a que Cecilia se ponga de color bordo.- pero de todo modos lo vas a conocer. En diez días hay un cóctel en el hotel Plaza y estamos invitadas. Tenés que venir con tu amante hippie, la vamos a pasar bien.
-Me lo imagino rodeado de abogados y en traje sobre todo.- la imagen realmente le causaba mucha gracia- para qué lo vamos a torturar así?
-No tires malas vibras Cecilia!
-Está bien, lo que sea para hacerte feliz. Pero creo que voy tener que ir de compras y comprar ropa para hombres. Puedo apostar mi alma que en su armario no hay nada que en el hotel Plaza pueda se considerado similar a un traje . Sus marca preferida es “ feria americana”- y comenzaron otra vez las risas, pero esta vez se apagaron en seguida por no tener la fuerza de dos. Mariana miraba seria a su hermana.
-Lo amas?
-A quién? A mi hippie? No creo. No es tan fácil enamorarse. Por qué lo decís?
-Porque yo me enamoré de Cristian.
-Exagerada! Estás confundida- fue turno de Cecilia de ponerse seria, haberse visto con un hombre sólo en el estudio no le parecía propicio para el amor.
Es muy probable que la declaración de Mariana haya sido la pura verdad y que ambas lo sabían perfectamente, lo presentían en sus corazones. Pero no querían darle tanta importancia a un hombre.
Les daba miedo lo que podía pasar. Lo desconocido del futuro siempre les pareció una oportunidad por lo que el miedo que sentían y no se atrevían a confesar les parecía una sorpresa. Quizás eran como los animales que podían imaginarse el acercamiento de la catástrofe. Así haciendo el conocido trayecto hacia su universidad las dos hermanas presentían la tormenta. No hablaron más pero escuchaban las palabras de consuelo y de ánimo de la otra dentro de su mente. Así se dieron fuerza como tantas veces anteriormente en sus vidas. Así se querían como siempre.
IV
Mariana estaba sorprendida de ella misma por la tranquilidad con la que estaba manejando. Sólo la dureza de su rostro dejaba entrever que algo no estaba como siempre. Las facciones adquirieron un aspecto más bien anguloso y la mirada siempre tan cálida, era un hielo impenetrable. En los labios no había ni huellas de la acostumbrada sonrisa sino que estaban muy apretados y se veía el esfuerzo que hacían por no dejar escapar un lamento. Sabía que si llegaba al departamento la iba a invadir un mar de lágrimas, trataba de borrar las imágenes pero estas aparecían como flashes en su cabeza. Tenía miedo de chocar si seguía así. Paró en un bar y se sentó en un rincón. Pidió un café. Todo con movimientos lentos y definidos, nada de derrumbarse. Se reclinó en el respaldo de la silla y apoyó la cabeza contra la ventana. Estaba de espaldas al resto del bar por lo que no le dio vergüenza dejar escapar una única lágrima. Esta acarició sus pestañas y recorrió en solitario su hermosa mejilla, para perderse en su cuello. Una única lágrima bien llorada seguida de un suspiro. La joven se enderezó y sacó su celular de la cartera. Tenía que hacer dos llamadas. En sus número favoritos estaba el de su hermana antes que ningún otro y luego el de Cristian, pero ninguno de los dos la podía ayudar. Otra vez el flash en su imaginación pero ya jamás las lagrimas. Marcó el número de su mama.
- Hola ma! Si si ya sé, ya la pague no te preocupes... Solo me atrasé un vez...Bueno basta maa... Si en un ratito paso por ahí... no nada, no te preocupes pero al final no me gusta la idea de la despedida, me voy así, tranqui. Es sólo un cuatrimestre! No armen escándalo con papa por favor que a Ceci se le va a dar un ataque.
Le cortó. Es que su voz se estaba quebrando al pensar en Cecilia y no quería darle explicaciones a su madre. Le mandó un texto diciendo que la señal era débil y que ya hablarían cuando pasa por casa. Hizo otra llamada para confirmar su vuelo para mañana y una última a una compañera de la facultad. Se tomó a toda velocidad el café cuando ya se había enfriado completamente. Luego, como lo prometió, fue a la casa de sus padres para despedirse. La hizo muy corta, lo que más quería era llegar al departamento antes que Cecilia.
Y lo logró. No había rastros de ella. Es que hoy cursaba hasta tarde y después tenía meditación. Le dolía el corazón al recordar a su hermana. Nada tenía importancia ya. En su habitación encontró la valija a medio hacer, hasta último momento podía haber cancelado el viaje. La terminó rápidamente. Se quedó sentada en su cama con los documentos en la mano. Veía claramente el rostro de su hermana y el de Cristian. Ya no podía seguir bloqueando las imágenes vio. No podía seguir negando que vio como se besaban. Un beso apasionado, con gusto a desesperación. Escuchó que su hermana lloraba, lo supo dentro de ella más bien. Supo que lo ama y no hay nadie en el mundo que pueda evitar eso. Lo supo desde siempre, desde la primera vez que los vio juntos. Fue amor a primera vista y no pudieron hacer nada para evitarlo. Tenía que ser de esa manera, ellas eran la misma persona, era lógico que se enamoren de la misma persona también. Cristian sí podía elegir y eligió a Cecilia, Mariana pudo leerlo en sus ojos, pudo deducirlo por sus manos. No hay nada, ni nadie que pueda cambiar los sucesos que se habían desatado. A ella sólo le quedó correr y esconderse. Viajar es una buen medio para huir.
V
Así resulto. La hermana infeliz volvió de su viaje para admirar la felicidad de la otra. Lo raro que es esto de la felicidad. Una madre haciendo como que es feliz sólo porque crió a sus dos hijas sanas y fuertes. Un padre que es feliz sólo porque él se ve exitoso, y el éxito es tan relativo... Una familia unida por los mandatos de la sociedad, es decir esta unida por una ilusión. El amor entre hermanas, indestructible al fin.
Marina volvió y eligió el perdón en beneficio de la felicidad de su hermana. Lamió sus heridas como una animal acorralado, pero lo hizo sola, lejos. Cuando volvió pudo afrontar la decisión de hacer como que nunca nada había sucedido. Todos se comportaron como ciegos. Nadie pareció querer darse cuanta que Mariana se había convertido en la culposa Cecilia y esta en un ser de otro mundo que siempre pareció Mariana. Lo único que siguió igual, de una manera misteriosa, fue el amor entre hermanas, indestructible al fin.
Mariana la eligió a Cecilia y la felicidad de ella antes que la suya propia podríamos decir. Aunque, quién sabe qué es la felicidad?
Topilskaya Regina.


