Donde las mujeres no se planchan el pelo.

| domingo, 29 de mayo de 2011
El arte pasa años y años creándose, conociéndose, enamorándose y aburriéndose dentro suyo. Es como la rueda de la fortuna, un ciclo sin fin, siempre se vuelve a empezar. Creo que en todos los tiempos fue así. Inventarse y reinventarse, vida del arte y sus habitantes.

Muchos de los recientes espectáculos, como el que tuvo la amabilidad de correr su telón ante mi recientemente, nos llevan a un universo nuevo. Nuevo por ahora, hasta que la creación nos lleve a otros miles. Mientras tanto, sólo nos queda disfrutar con todos nuestros sentidos.

El centro cultural IMPA siempre sorprende con su fachada. Parece de cuento de terror, pero hermoso. La información quizás no sea muy precisa, puede ser que llegues al espectáculo y te digan que tenías que reservar, qué se yo, vivimos en un mundo de posibilidades, casi todo puede pasar. El hecho es que algunas reservas algunas veces se caen y podés acceder al show, así me sucedió a mi.

Con la entrada en la mano recorrí el lugar. Nos mandaron a esperar en un patio hasta que abrieran sala. La noche ya estaba avanzada y el frío bastante presente. En el patio había un grupo de músicos cantando y bailando alrededor de un fuego ardiendo. Había algo similar a una parrilla encima , cacerolas y algo asándose. Y vino tinto, para entrar en calor. A partir de ese momento comenzó la magia. Una chica bajó y comenzó a tocar el violín paseándose entre los deseosos de entrar. A veces les hablaba, pero siempre decía palabras imposibles de entender. Qué bello idioma el de la incoherencia. En cuanto se nos pasó la timidez ante la intérprete que nos seguía a todos lados, pudimos apreciar su desempeño. Tocaba genial un instrumento genial. Luego se acercó hacia el grupo del asado y tocó con ellos. Todos bailaban alrededor de las llamas, un rito salvaje en medio del cemento.

A la hora indicada subimos las escaleras y fuimos guiados por luces y sonidos hasta allí donde van los espectadores. Encontrar músicos tocando en el camino descoloca y había bastantes en todos lados. ¿No era que los músicos tenían un lugar predeterminado? ¿Como es esto? ¿Pueden estar desparramados tocando aquí y allá? Llegamos al lugar, sillas de distinto tamaño y alfombras en el piso. Me pareció increíblemente cómodo, cada uno se sentó donde le pareció. Ya se habrán imaginado que no había escenario. Solo el piso congelado del edificio frente a las sillas, donde corrían bailarinas descalzas y una contrabajista que las acompañaba. Me imagino el frío que sintieron sus cuerpos y la suciedad adherida a sus pies. Negras, negritas estabas sus plantas. Yo, bailarina desde añitos tempranos, sé la poca importancia que tienen todos estos detalles en el momento, pero del lado del espectador no lo puedo creer. Sólo en vestiditos mientras nosotros permanecimos en camperas y con bufandas.

“ Hecha de aquellas” deduzco que es una obra de danza, pero ahí de baile como baile hubo poco y nada. Sólo arte, un licuado entre luces, sonidos, voces, movimientos y los espíritus de la fábrica. Los músicos finalmente se reunieron en el mismo lugar, cerquita nuestro pero no demasiado fijos, sino que iban y venían. Los ruidos propios que proveía el entorno eran bienvenidos. Allí había de los más variados: el ruido del tren que hizo temblar las ventanas, martillazos desde algún piso desconocido, gritos de afuera, todo era incorporado y parecía ser parte del truco. Sin los ingredientes sorpresa no es lo mismo.“Mujeres de sentido común, sentidas, comunes, corrientes”. Las chicas eran pura emoción, un nudo de pasiones, mujeres. De eso se trataba: de mujeres. Así como somos, sin mentiras ni engaños perfectos. Tenemos días buenos y días pésimos, reír y llorar en la misma hora no es nada fuera de lo común. Hacemos locuras. Amamos seguido. Hay cosas insignificantes que ocupan todo nuestro mundo y hechos importantes que nos dan lo mismo. A veces juzgamos sin saber y también miramos sin ver. Perdonamos y crucificamos. ¿Para qué la falsedad? Convenzamos a nuestras mentes que nuestros defectos nos sientan bien y conquistemos corazones.
Las danzarinas se sacaron los vestidos para mostrarnos sus almas dentro de los cuerpos desnudos. El cuerpo joven, puro, vulnerable en armonía con la naturaleza me hizo sentir extraña, como si lo viera por primera vez. Qué frágiles que somos los seres humanos y nos hacemos los fuertes sin sentido. La obra terminó de manera perturbadora, mostrando la cruda realidad. Cuerpos enredados buscándose unos a otros. Es que no podemos estar solos, no tenemos ese don.

Ruego que todos hayan salido fascinados como yo, que no haya sido una fantasía que existió sólo en mi cabeza. A mi vista todos parecían anonadados pero no hablé con nadie. Quería llegar con el recuerdo intacto, sin intervenciones, grabarlo en millones de fotos dentro de mi mente. Salimos por los pasillos oscuros guiados por la masa de gente. Menos mal que la masa razona sola, no sé como hubiéramos encontrado la salida sino.

Al final, miré detalladamente al público. Muchos estilos, mezclas y cosas locas. Es que hay lugares a donde las mujeres van sin plancharse el pelo, allí donde buscan nuevos horizontes.








2 comentarios:

{ Emilia } at: 30 de mayo de 2011 a las 19:14 dijo...

Regina,

Hermosísima tu crónica, muy poética. No me quedó otra que releerla varias veces. Qué bueno que hayas encontrado un espectáculo de ¿danza?, sos la persona indicada para escribir sobre esto. Realmente, me encantó y me impactó. Además, me gusta mucho el título.

Hasta mañana, saludos!

{ Regina } at: 30 de mayo de 2011 a las 19:37 dijo...

Hola!!!
Que placer que me digas cosas tan lindas! No sabes lo agradecida que estoy! Muchas gracias por el trabajo que hacen con nosotros!
Hasta mañana!

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